viernes, 23 de abril de 2010

Raymond y Lucy, y el engendro de las criaturas


El cucú a cuerdas había anunciado las dos de la madrugada, y el domingo era historia, reciente, pero historia en fin. Lucy estaba echada en el sofá cama, enredada con sábanas blancas como un pez que había mutado a pescado, entre las redes del mar. Cómo olvidarla —reflexionaba Raymond— si más que un pescado parece una sirena, de esas que son prácticamente imposible de capturar, y explorar. Su boca estaba roja, muy roja, pero no quería usar lápiz labial; ella tenía ese color tan inolvidable que la distinguía, ordenándola única entre las mortales. A esa altura, Raymond confundía sus siluetas con una acuarela.
La bella Lucy apenas rondaba los veintitrés años, mientras él ya había comenzado a transitar el sendero de los treinta. Convencido de su belleza, abandonó la toalla anaranjada en uno de los sillones, aquel que tenía el respaldo gastado de tantas lecturas a las que Lucy solía acudir: novelas dramáticas, poesías, lecturas bellísimas como sus imponentes ojos oscuros.
—Quiero hacerte el amor, querida Lucy —susurró mientras acomodaba los ochenta kilos entre sus piernas.
—Mi vida, no sabés cuánto te amo.
Raymond corrió las sábanas, y comenzó a lamer sus pechos tibios y erectos, mientras ella lo tomaba por la cintura, con esas uñas limadas, y un perfume impregnado en los almohadones que la reconfortaba.
—Encarguemos un bebé, amor, quiero verte más bella aún —expresó emocionado, totalmente convencido de su compañera y sus sentimientos.
Pero ella alternó el rostro. Lucía seria Lucy, clavando esos ojitos tan tiernos en el centro de su frente. Lo distanció con las manos, hasta apartarlo a su derecha. Él se dejó avasallar, tal cual lo hace el viento con las hojas secas que la flora decide desamparar.
—No podemos, no podemos —reiteró ella con los ojos empañados.
—¿Cómo que no podemos? ¡Si nos amamos!
Lucy acercó el dedo índice —de su mano izquierda— hacia sus labios, sometiéndolo al silencio, mientras apoyaba la entrepierna en su rodilla. Tenía la espalda al descubierto, y su espalda brillaba a pesar de la tenue iluminación que proyectaba el velador.
—Te adoro, te amo, pero vos mismo lo dijiste, tan solo encargar…
—No logro entenderte, princesa.
—Nosotros no podemos procrear, si podemos encargar. Hay tantos niños huérfanos en el mundo…
Raymond parpadeó, luego la abrazó, refugiando su dulce rostro entre los pectorales, y acarició su cabello, largo y suave como pelaje de yegua monárquica.
—No te hagas problema, princesa, que Dios ha sido muy generoso con nosotros.
Hicieron el amor, pero ella no quería engendrar criaturas. A partir de aquella noche, Raymond la amó como nunca la amó, y al recorrer las callecitas de la ciudad, lo comprendió todo: la calle estaba engendrando muchas criaturas entre cartones y limosnas.

6 comentarios:

  1. Precioso relato de pasión. Con la belleza de Lucy llegará un día en el que la locura de Raymond se apodere definitivamente y decidan engendrar...en el momento más inapropiado, lo presiento...así es el poder de la naturaleza.
    Un beso

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  2. Eau: muchas gracias por tus palabras. Me dejaste pensando. Habrá segunda parte, sólo porque tu comentario ha sido muy satisfactorio.

    Un beso.

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  3. Ernesto ... Pienso igual que Eau, siento que esto no acaba aca, que pronto esa belleza de Lucy terminara por apoderarse de Raymond ...

    Apasionante relato, un placer !

    Un abrazo ... Pablo

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  4. Don Ugarte ... que le pasa que anda perdido? ... su Ernesto lo dejo afuera del dto? ... ja ja ja

    Un abrazo ... Pablo

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  5. Querido Tucumano: estoy buscando la llave de acceso al departamento. Ese Ernesto es un atorrante!
    Abrazo.

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  6. El miedo suele ser causante de estos casos, pero yo creo que Lucy no tiene miedo, te sigo, un comienzo con mucha intriga.

    Encontré tu blog en el blog de Eau.
    Saludos

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