jueves, 29 de abril de 2010

Raymond y Lucy, y el engendro de las criaturas – Segunda parte


La vida estaba engendrando muchas criaturas entre cartones y limosnas. Raymond ya lo sabía, si hasta recorría el mismo camino, penetrando la plaza por los caminos de tierra, marcando huellas entre las huellas, surcándola como surcan las pampas los tractores con arados, discos y todo, pero, en lugar de semillas, él echaba esperanzas, observando las conductas de una niña, siempre acompañada por un ombú centenario, de esos que parecen desplegar sus raíces por toda la superficie hasta aquel semáforo que encendía la luz roja en señal de detención, y fiel al estilo de las lombrices, o como el agua filtrada por las napas tras torrenciales lluvias de verano, sin límites, y sin puntos, como en este texto, y como en la historia que Raymond atravesaba porque no quería desenlaces, contemplando a esa criatura, sola y triste, que en lugar de sentarse en un pupitre tomaba asiento en los verdes de la plaza, entre pasto, piedras y hojas secas, de aquel ombú añejo, panzón y un poco atrevido, considerando la flora que lo rodeaba, y que la rodeaba, a esa niña de apenas once años, de cabello negro y ojos tristes, pancita chata y ropa sucia, como el perro que también la acompañaba, echado sobre la mancha que la sombra del ombú le tendía como un mantel desteñido, y sin comida, pero con muchas hormigas, y cartones, y una madre que se prostituía, aunque ella no lo sabía, mucho menos Raymond, quien se sentaba en un banquito, a unos quince metros de distancia, coloreándola con la mirada como una postal pintada por un niño con crayones, y témperas, así de simple, él la pintaba con colores primarios, pero también secundarios, cada vez que la veía llorar, porque la pancita le dolía, pobre criaturita, ni siquiera había almorzado ni mucho menos cenado, hasta miraba el pastito con hambre, hasta que esa tarde arrancó un pedazo de plaza, de pasto, llevándolo a sus dientitos chuecos, y masticó lo que los perros suelen digerir cuando les duele la panza, pero ese hecho lo impulsó a pararse, olvidándose del compromiso laboral, si Raymond era carpintero, y pintor, y artista: demasiado tragedia antes sus ojos merecía una pincelada, ese toque de pincel que pudiera cambiar ese marco, de tierra, polvoriento y sin miradas:
—Buenas tardes, mi nombre es Raymond —asombró a la niña, levantando la mochila que su mirada triste, y empapada de dolor, había tirado.
Pero la niña no hablaba, sólo lo miraba, tal cual miran los perros de campo a los vehículos que se alejan, por los caminos, bien lejos, imposibles de ser detenidos, resignándolos a ladrar.
—No tengas miedo, niña, sólo quería regalarte estas galletitas, y esta manzana, y esta gaseosa —alargaba su generosidad, hasta tal punto de querer entregarle todo, hasta las medias, y los zapatos.
Y esa criatura no hablaba, y hasta le esquivaba la mirada, cerrando esos ojitos, negros como dos pelotitas embarradas. Raymond intentó acercarse, sigilosamente, invadiendo la sombra del ombú, de la niña y el perro, pero se detuvo, indignado, acomplejado, pensando en Lucy, hasta que la niña se incorporó, y con las manos en los bolsillos le dijo:
—¿Me llevás?

Continuará…


Notas del autor: sepan disculpar el corte, pero es así como me ha salido; me fascinan las palabras que ruegan libertad, casi sin correcciones, tal cual se pierden por ahí mis bostezos, ante el ocaso y el mate. Prometo terminarla, sin comas.

viernes, 23 de abril de 2010

Raymond y Lucy, y el engendro de las criaturas


El cucú a cuerdas había anunciado las dos de la madrugada, y el domingo era historia, reciente, pero historia en fin. Lucy estaba echada en el sofá cama, enredada con sábanas blancas como un pez que había mutado a pescado, entre las redes del mar. Cómo olvidarla —reflexionaba Raymond— si más que un pescado parece una sirena, de esas que son prácticamente imposible de capturar, y explorar. Su boca estaba roja, muy roja, pero no quería usar lápiz labial; ella tenía ese color tan inolvidable que la distinguía, ordenándola única entre las mortales. A esa altura, Raymond confundía sus siluetas con una acuarela.
La bella Lucy apenas rondaba los veintitrés años, mientras él ya había comenzado a transitar el sendero de los treinta. Convencido de su belleza, abandonó la toalla anaranjada en uno de los sillones, aquel que tenía el respaldo gastado de tantas lecturas a las que Lucy solía acudir: novelas dramáticas, poesías, lecturas bellísimas como sus imponentes ojos oscuros.
—Quiero hacerte el amor, querida Lucy —susurró mientras acomodaba los ochenta kilos entre sus piernas.
—Mi vida, no sabés cuánto te amo.
Raymond corrió las sábanas, y comenzó a lamer sus pechos tibios y erectos, mientras ella lo tomaba por la cintura, con esas uñas limadas, y un perfume impregnado en los almohadones que la reconfortaba.
—Encarguemos un bebé, amor, quiero verte más bella aún —expresó emocionado, totalmente convencido de su compañera y sus sentimientos.
Pero ella alternó el rostro. Lucía seria Lucy, clavando esos ojitos tan tiernos en el centro de su frente. Lo distanció con las manos, hasta apartarlo a su derecha. Él se dejó avasallar, tal cual lo hace el viento con las hojas secas que la flora decide desamparar.
—No podemos, no podemos —reiteró ella con los ojos empañados.
—¿Cómo que no podemos? ¡Si nos amamos!
Lucy acercó el dedo índice —de su mano izquierda— hacia sus labios, sometiéndolo al silencio, mientras apoyaba la entrepierna en su rodilla. Tenía la espalda al descubierto, y su espalda brillaba a pesar de la tenue iluminación que proyectaba el velador.
—Te adoro, te amo, pero vos mismo lo dijiste, tan solo encargar…
—No logro entenderte, princesa.
—Nosotros no podemos procrear, si podemos encargar. Hay tantos niños huérfanos en el mundo…
Raymond parpadeó, luego la abrazó, refugiando su dulce rostro entre los pectorales, y acarició su cabello, largo y suave como pelaje de yegua monárquica.
—No te hagas problema, princesa, que Dios ha sido muy generoso con nosotros.
Hicieron el amor, pero ella no quería engendrar criaturas. A partir de aquella noche, Raymond la amó como nunca la amó, y al recorrer las callecitas de la ciudad, lo comprendió todo: la calle estaba engendrando muchas criaturas entre cartones y limosnas.

martes, 20 de abril de 2010

"El Ángel Lito"

María Granata nació en Buenos Aires en 1923. Publicó, en verso, Umbral de tierra (1942); Muerte del adolescente (1946); Corazón cavado (1952) y Color humano (1966). Es autora de tres novelas: Los viernes de la eternidad (1971, que fue llevada al cine); Los tumultos (1974) y El jubiloso exterminio (1979). Ha publicado cuentos infantiles, como los de El gallo embrujado (1954); El ángel que perdió un ala (1974), El bichito de luz sin luz (1976) , La ciudad que levantó vuelo y El perro sin terminar. En su poesía hay un hondo sentido de la tierra. En sus novelas se acerca a lo imaginativo y barroco de modelos como los de García Márquez. Fuente: alfaguarainfantil

Hoy, navegando por la red, con salvavidas, hallé una nueva película basada en la obra de esta fascinante escritora porteña: "El Angel Lito" (basada en el cuento infantil: El Ángel que perdió un ala).

A continuación, cedo lugar al trailer (extraído de youtube):



La película ha sido dirigida por Julio Ludeña. Tan sólo resta verla, y pasarla lindo, junto al ángel.
Ernesto, se ha ido de casa, pero me dejó una carta:
Querido "yo": me las tomo, me voy a ver "El Ángel Lito", pero prometo regresar; eso si, preparame un cafecito, azucarado, allá, en el balcón. Si se enfría lo caliento, en el microondas.
Un abrazo, Ernesto Ugarte.

domingo, 18 de abril de 2010

La dulzura según dos mercenarios



Suena Charlie Parker y el tabaco emana sus componentes sobre el aire viciado, proyectado por dos antiquísimos veladores en dos de los cuatro rincones del salón de una casa lúgubre, pero jamás abandonada. Los mercenarios están sentados, cara a cara, separados por una mesa de roble, llevan cinco minutos sin dialogar, sólo porque quieren mirarse, sin palabras de por medio tal cual lo hacen cada vez que quieren delatar en el espejo sus vidas miserables, lejos del barullo de esa ciudad tan ruidosa que es New York, pero Francis abre fuego y dispara unas palabras, cansado de ver esos párpados estúpidos que porta el rostro de Karl:
—Hagamos justicia y asesinemos a ese canalla.
—Es hora de torturarlo. Ese maldito infeliz merece morir —sentencia Karl, arrojando un cigarrillo rubio a la cavidad de una copa de cristal con vino tinto.
La bebida alcohólica lo convierte en cenizas sin piedad alguna.
—Eso me hace pensar que aún eres un hombre listo.
—Listo es el político corrupto, sólo soy un simple mortal.
—Somos despreciables —frunce Francis el entrecejo—, es cierto, pero tenemos dignidad.
—¿Dignos de qué? ¿Dignos para quién?
—No lo sé, pero tampoco importa. Dime, ¿qué haremos luego?
—Supongo que comprar a esos policías indignos.
—¿Y el cuerpo? ¿Qué haremos con su cuerpo?
—¿Enterrarlo para alimentar a esos gusanos de tus predios? —propone Karl, con absoluta seriedad.
—Merece algo mejor, después de todo ha sido nuestro socio.
—Entonces arrojémoslo al mar.
—Mi avión tiene el motor averiado. Será mejor descuartizarlo y arrojarlo en varias bolsas al basural de Manhattan. Esos gusanos están hartos de almorzar las sobras de fast-food.
—Estamos en la misma, alimentaremos gusanos pero de otros predios. Se me ocurre otro desenlace, más artístico. Ven, acércate —extiende Karl el brazo derecho para atraerlo.
Francis se acerca, sin pararse, con el mentón a escasos centímetros del pico de la botella de vino, pestañeando más de lo normal para un malviviente que tiene a su cargo un ejército de matones, obedientes y leales como Juan, el bautista.
—Haremos dulces, muchos dulces, y luego ataremos a ese infeliz en tu chiquero, mis cerdos están hambrientos. Será un placer contemplar como almuerzan la dulzura de su carne.
—Uf… eres muy listo, Francis. Importemos ese dulce tan delicioso, el dulce de la leche…
—Querrás decir el dulce de leche argentino. Qué delicia de dulce —se moja los labios con la lengua, el inescrupuloso Karl.
—Esos argentinos son unos imbéciles pero que delicia de dulce tienen. Aún recuerdo aquella prostituta de Buenos Aires que unté en su cama de sábanas perfumadas.
—Trato hecho —se incorpora Karl, sorprendentemente entusiasmado.
—Trato hecho, querido Francis.
Se estrechan las manos, luego apoyan las espaldas en los respaldos de las sillas y se miran, sin comentarios, mientras Charlie Parker abre la canción “All the things you are”.
Notas del autor: sepan disculpar mi regreso, pero se los extraña, y ésto de publicar entradas se está convirtiendo en un hábito. Sepan disculpar, también, éste relato macabro, pero surgió tras escuchar a Charlie Parker, es así como lo imaginé. Ha sido escrito sin pausa, en tan sólo cinco minutos!

sábado, 17 de abril de 2010

Signal rouge


Donnez-moi un signal rouge et il y aura beaucoup de littérature le samedi, je vous promets...

martes, 13 de abril de 2010

Una escena formidable - Woman in red (1984)

Bueno, se estarán dando cuenta de que amo el cine, quizá más que a la mismísima literatura. Navegando por youtube, tuve el enorme placer de "toparme" con esta breve escena, de una movie que hizo historia. Cuando se estrenó, tenia apenas 4 años, es decir, estaba en otra (¿jugando con playmovil?), pero qué bello hubiese sido poder contemplar esas escenas desde una sala de cine!
Aprovecho la ocasión para rogar información acerca de la banda sonora que acompaña a la escena, aunque en realidad, no es banda sonora de la movie: ¿alguien sabe cómo se titula la canción?
Disfruten esa belleza, esa sensualidad, y un actor fuera de serie. Gracias Hollywood!

Ah..., al finalizar la última escena, ella le dice:
-Come and get it, cowboy!
Que traducido significa:
-Ven y consigue esto, cowboy!
Y durante la primera escena, ella le dice algo asi: ¿éste ha sido tu sueño durante tanto tiempo? Éste ya no es más un sueño, ésto está sucediendo...
Excelente en gestos, ademanes; ella quita su vestimenta sin siquiera despeinarse, él tambalea al hacerlo, y hasta se olvida de los zapatos. Brillante!
A ampliar la imágen e interrumpir, momentáneamente, al maestro Charlie Parker.
P.D.: sepan disculpar, pero voy a ausentarme por un tiempito, tengo que meterle pata con la novela (como decimos en Argentina) antes de que Ernesto se enfade, ja. En serio, me ausentaré por unos dias pero prometo retornar porque me agrada muchísimo el grupito que hemos conformado. Ha sido un gran placer!!!
Les dejo un poco de música, de esa que me eriza la piel.
HASTA PRONTO!

lunes, 12 de abril de 2010

ERNESTO Y YO (Tercer Episodio)

Escena 3 – Baño – Veintidós horas y cincuenta minutos.
Ernesto Ugarte y yo. Otro, pero otro diálogo inminente. Ernesto silbando en la ducha, del otro lado de la cortina; yo sentado sobre la tapa del inodoro.
Y (yo): ¡Buenas noches, Ernestito! Se rompió la silla, así que tomo asiento acá. ¿No te molesta, cierto?
E (Ernesto Ugarte): Para nada. ¿Cómo ha sido tu día?
Y: Uf… ¿para qué contarte?
E: ¿Estrés, cansancio? Eres un muchacho joven. ¿Qué harás cuando tengas setenta y tantos años?
Y: Tenés razón. ¿Vos que hiciste?
E: ¿Yo? Mmm, nada, ¿por?
Yo pienso. Ernesto retoma el silbido, parece acompañar la canción: “Cantando bajo la lluvia”.
Y: Sospecho. Ah, lo había olvidado, ¿no ibas a contarme algo acerca de ese otro Ernesto? ¿Quién es?
E: Si, he conocido otro Ernesto, pero tiene dueña, bueno, él se siente así, como encarcelado.
Y: ¿Encarcelado? ¿Está preso? Ah, no, si tiene dueña es porque goza de libertad.
E: Si, pero de una libertad condicional. De hecho, su dueña no lo deja vivir en paz, lo tortura, lo enloquece. Él tiene buenas intenciones, pero bebe, y hasta tiene tendencias…
Ernesto hace una pausa. Yo cruzo las piernas, la derecha sobre la rodilla izquierda, y tiro la toalla al rozarla con el hombro diestro. La recojo, mientras retomo el diálogo:
Y: ¿Tendencias?
E: Shhh, dije shhh. ¿Por qué no preparas un cafecito? Azucarado por favor.
Y: Ernesto, sabés muy bien que no me agradan tus tan sucesivos cambios de tema. Parecés Santo Biasatti, pero sin talento.
E: Qué chistoso eres, eh. Tiene tendencias… tendencias. Quiero ayudarlo.
Y: A ver si entiendo, conociste a otro Ernesto, imagino que por internet, si últimamente no salís ni a la vereda; se escribieron, y hallaron cosas en común, pero padece hechos que lo atormentan, y a vos también te atormentan porque desde que lo conociste parecés otro.
E: Él es mi amigo, y qué imaginación tiene, es un imaginario desesperación.
Y: Que poco entiendo. Intento seguirte pero no puedo, aunque me esfuerce.
Yo reflexiono; Ernesto gira la canilla, y asoma la mano izquierda por encima de la cortina.
E: Alcánzame la toalla.
Y: Te faltó el “por favor” pero ahí va.
Yo lanzo la toalla, Ernesto la atrapa tras un rebote en los azulejos. Comienza a secarse.
Y: ¿Quién es la dueña? ¿Vos te sentís mi esclavo?
E: Antes si, pero ahora no —ríe y suspira—, soy tu mejor amigo. Es más, te conozco como el espejo, ese que está ahí, pero por dentro.
Y: Cada día aprendo más y más de vos, pero: ¿quién es esa muchacha?
E: ¿Muchacha? Ah, la dueña. Una chica…
Ernesto retoma el silbido, acompañando la canción “El día que me quieras”.
Y: ¿Otra vez lo mismo? ¿Por qué desviás los tópicos de nuestras conversaciones cada vez que se te ocurre hacerlo? Es obvio que si tiene dueña es una muchacha.
Ernesto no responde, silba y silba sin cesar.
Y: ¿Ernesto? ¿Quién es esa muchacha?
E: Ufa, che, qué insistente y rutinario. Está bien, te voy a contar, pero con una condición.
Y: Decime.
E: Un cafecito azucarado, bien batido, y servido en la fuente blanca, allá, en el balcón.
Yo pienso en esa muchacha, pero conozco tanto a Ernesto que prefiero acatar. Sin palabras de por medio, me echo a andar hacia la cocina, pero poco antes de abandonar el baño, escucho:
E: Qué tipo más curioso, se piensa que voy a describirla, ¡ni loco!

CORTE

sábado, 10 de abril de 2010

Vietnam, dos americanos y la luz del demonio


—Cúbreme Mel, que las plagas nos disparan.
—No puedo, John, ya nos tienen en la mira. Estamos acorralados.
Una balacera polvorienta sembraba pánico entre la frondosa e inhóspita vegetación, a unos cien kilómetros de Hanoi, Vietnam. Los miembros del Vietcong estaban rabiosos, como ratas, dispuestos a fulminar cuanto avance estadounidense invadía sus tierras e ideologías, irradiando más terror entre las diabólicas selvas de Vietnam.
—Arrastrémonos hacia esas palmeras —ordenó Mel, atento a cuatro vietnamitas que apuntaban los fusiles hacia su posición.
El sol salía, lentamente, y en esas circunstancias daba la impresión de que no quería asomar. Todo era tinieblas, tempestades repulsivas y revulsivas. Ellos cumplían la misión, con sus apenas veinticinco años de existencia en la tierra, o el infierno. Todos los compañeros del pelotón número quince —en total, diez soldados—, bautizado como “águilas de la justicia”, habían sido mutilados por una bomba casera, considerando la superioridad tecnológica de las armas americanas. Estaban solos, desamparados. Sus radios ya no funcionaban; tenían hambre, sed, y unas esquirlas habían lesionado la pierna diestra de Mel, quien padecía cada centímetro que avanzaban entre los matorrales, cuerpo a tierra. Estaban completamente rodeados pero los vietnamitas no lograban verlos, quizá porque la aurora no queria saludar.
Milagrosamente lograron protección dentro de una cueva, a un costado de un lago. Los estruendos eran moneda corriente y el cielo brillaba, por las bombas. John apoyaba la nuca en una roca redonda como si fuese su almohada, agotado, decepcionado de la vida, mientras Mel se las rebuscaba para sanar las heridas con alcohol envasado en un frasquito cargado en uno de los bolsillos del chaleco.
—Hagamos silencio, esas plagas pueden detectarnos —aconsejó John tras cerrar los ojos.
—No puedo callar, quizá sean nuestras últimas palabras. Hemos perdido a toda nuestra gente. ¿Dónde está Nixon? Seguramente sentadito en Casa Blanca, fumando puros cubanos. Este mundo es una farsa, como la guerra misma que estamos padeciendo.
—Mantén la calma, amigo, ya somos patriotas. Nuestro pueblo lo agradecerá.
—¿Estas completamente loco, John? No saldremos de esta, estamos rodeados y pronto saldrá el sol. Ni radio portamos, estamos perdidos.
—Cállate, ya verás las luces de nuestros helicópteros que harán rescate. La guerra está por terminar.
Mel temía lo peor, justo en el momento en que el cielo comenzaba a aclarar, como si de un momento para otro Dios hubiese encendido un reflector.
—¿Lo ves, Mel? Esas luces son nuestras, de nuestros helicópteros.
El calor era más intenso. El lago que los rodeaba parecía una moneda de oro, pero ellos tenían la cabeza gacha, ni fuerzas para erguirse les quedaba.
—Contemplemos nuestro rescate. Nuestras familias nos esperan con barbacoas, ensaladas, ¡hamburguesas y coca cola! —deliró John, atento al creciente sonido ruidoso que soplaba el viento norte.
Todos los animales que habitaban la zona estaban descontrolados, y un lobo ingresó a la cueva hasta perderse en la oscuridad de sus cavidades.
—¿Qué es eso, John? ¿Son nuestros helicópteros? Tengo calor, me está calcinando, sacaré este maldito chaleco de mi…

El amplio uso que hizo Estados Unidos de napalm mutiló y mató a miles de civiles, y el empleo de defoliantes —utilizado para eliminar la cobertura vegetal—, devastó el medio ambiente de un país esencialmente agrícola. Se estima que murieron más de dos millones de vietnamitas, tres millones fueron heridos y cientos de miles de niños quedaron huérfanos. Se ha calculado la población refugiada en 12 millones de personas. Entre abril de 1975 y julio de 1982, aproximadamente 1.218.000 de refugiados fueron reasentados en más de 16 países. Otros 500.000 (llamados Boat People), intentaron huir de Vietnam por mar, aunque ciertas estimaciones dicen que murió entre el 10 y el 15%, y que los sobrevivientes se enfrentaron con las trabas y cuotas de inmigración incluso en aquellos países que habían aceptado acogerlos. En la Guerra de Vietnam murieron 57.685 estadounidenses, y unos 153.303 fueron heridos. En el momento del acuerdo del “alto al fuego” había 587 prisioneros de guerra, entre militares y civiles (quienes fueron posteriormente liberados). Una estimación actualizada no oficial calcula que todavía quedan 2.500 desaparecidos. Fuente: Wikipedia.

Mel y John forman parte de esos desaparecidos, cruelmente calcinados y derretidos por una bomba de napalm, poco antes del amanecer, en aquella cueva cercana al lago.



Nota del autor: para narrar esta ficción -con aires empíricos- me he basado en la fotografía y dos personajes imaginarios de una guerra diabólica, como toda guerra.

jueves, 8 de abril de 2010

ERNESTO Y YO (Segundo Episodio)

Escena 2 – Balcón departamento – Del otro lado del ventanal – Veintidós horas.
Ernesto Ugarte y yo. Otro diálogo inminente. El monitor enfocando hacia el balcón. Ernesto con los pies sobre la misma butaca y sentado en una silla reclinable, fiel al estilo de los directores cinematográficos. Yo me acerco, por segunda vez, sigilosamente.
Y (yo): ¿Qué contás, Ernestito?
E (Ernesto Ugarte): Shhh…, me desconcentras, shhh…
Y: ¿Desconcentro?
E: Si, shhh…, shhh…, nace una idea.
Y: ¿Te dejo, entonces? Es decir, ¿no querés cenar conmigo? Pedí unas empanadas, tres de jamón y queso, dos de roquefort, de esas que tanto te gustan, y otra de carne.
E: Te dije, shhh…, shhh…
Y: ¡Qué personaje! Pareces un sifón desaforado.
E: Shhh…, qué hoy he conocido a otro Ernesto. Después te cuento…
Yo me rasco la pierna; Ernesto cruza los brazos, y me guiña el ojo.

CORTE

martes, 6 de abril de 2010

ERNESTO Y YO (Primer Episodio)

Escena 1 - Departamento - Cerca del ventanal - Casi medianoche
Ernesto Ugarte y yo. Diálogo inminente. El velador encendido, un ordenador. Ernesto prepara la butaca. Yo me acerco, sigilosamente.
Y (yo): Hola Ernesto. ¿Cómo estás?
E (Ernesto Ugarte): Mal, demasiado mal como para dirigirte unas palabras.
Y: ¿Por qué?
E: Estoy cansado, harto de que emplees mi nombre para idioteces.
Y: ¿De qué hablás, Ernesto? Lo uso para compartir relatos, entretener a la gente que pasea por el blog. ¿Te parece poco?
E: ¿No habíamos quedado que publicarías una novela? Además, estoy molesto. Usaste mi nombre para agredir. ¿O acaso lo olvidaste?
Y: Te referís a…
E: Sí, a eso me refiero. ¿Vos estás loco? ¿Quién te pensás que sos? Estas chiflado, ¿o te crees que por usar mi nombre vas a poder decir lo que querés? ¿Olvidaste que ha sido tu profesora?
Y: ¿Sabés una cosa? Tenes razón. Demasiado cobarde, mejor dicho, he sido un cobarde.
E: Entonces…
Y: Entonces pido disculpas. ¿Algo más?
E: Si.
Y: Dime, soy todo oído…
E: Ay, no aprendes más. ¿Dónde están mis oídos? ¿Olvidaste que carezco de los cuatro sentidos humanos?
Y: Nuevamente, tenés razón. ¿Me rectifico?
E: No tenes opciones.
Y: Soy todo letras.
E: Ven, acercate un poco. Escuchame atentamente…
Y: Dijiste que no disponías de sentidos.
E: Uy… ¿encima cargoso?
Y: Dale, contame.
E: Quiero que me prometas algo.
Y: Por favor, ¿qué?
E: Llama a la muchacha y dile que estás preparado.
Y: ¿Preparado, para qué?
E: Para inmortalizarme.
Y: ¡Lo prometo!
Se abrazan, y Ernesto cierra los ojos.
CORTE

jueves, 1 de abril de 2010

MISTERIO EN LA LAGUNA – Scene number four (FINAL)


Repetición escena anterior: ¡Machu, Huaca!, se escuchó por detrás de sus espaldas, alocando sus sentidos y obligándolos a girar: un extraño ser estaba parado y ellos, ellos ya no podían parpadear…

…Tenía aspecto humano, con rasgos faciales muy similares a esos entes que muestran los libros sobre civilizaciones indígenas. De su cuello colgaban tres o cuatro colgantes, formados por piedras brillantes. Tenía el cabello negro azabache, el torso desnudo y una pequeña tela cubría sus genitales. El extraño ser rondaba los treinta años, no más, y estaba descalzo.
—¿Quién sos? —indagó Juan, como pudo.
Y la extraña criatura abrió los ojos y adelantó un paso con el pie izquierdo, juntando las piernas con el otro pie tras suceder unos tres segundos. Después extendió el brazo diestro y dijo:
—Machu Huaca, indio mediador.
Lo cierto era que la criatura que se decía llamar indio tenía aspecto de buen hombre. Por momentos dibujaba una sonrisa que Esteban proyectaba al enfocar la luz de la linterna.
—¿De dónde vienen? ¿A dónde van? —preguntaron ambos, como si se hubieran leído las mentes.
—Machu Huaca, indio mediador, viajar pronto a Luxigam, planeta lejano. Tierra desaparecer en poco tiempo.
—¿Ustedes son indios e irán a otro planeta? Quiere decir que, ¿es cierto lo de la profecía maya? —preguntó Juan, mirando el perfil de su amigo.
—Ustedes destruido mi civilización, pero hemos evolucionado en nave que amigos prestaron tiempo atrás. Hemos salvado desastres, de toda clase, pero ustedes no aprender más. Profecía maya no existir, profeta muerto por enfermedad.
Esteban dejó caer la linterna. Ni en sueños hubieran podido imaginar algo similar. El indio se les acercaba y, cara a cara, les declaró:
—Necesitamos a Esteban, sin él no viajar.
Tras escuchar que lo necesitaban, comenzó a correr desesperado hacia el maizal, temiendo su secuestro, mientras Juan y el indio lo miraban asombrados, completamente desconcertados. Poco antes de perderse entre los choclos, y unas plantas de maíz que ya superaban metro y medio de alto, una luz blanca —como la nieve— lo hizo desaparecer, y Juan cayó al suelo, desmayado por un aroma que había invadido sus fosas nasales.
La nave emprendió el viaje. Juan fue sometido a un sin número de interrogatorios policiales, acusado de loco, y finalmente enviado a un loquero. Pero dos meses después, Esteban apareció, y con él apareció el indio, librándolo de aquel hospicio para emprender, los tres, un viaje sin retorno al planeta Luxigam.
Al día siguiente, todas las bombas nucleares fueron detonadas por fuerzas desconocidas, y tan solo un centenar de seres humanos sobrevivieron al desastre.

Final
Nota de autor: sepan disculpar la extensión de las escenas; hubiera querido continuarlas, pero tengo que viajar a mis pagos, no precisamente a Luxigam, sino a Chivilcoy. Felices Pascuas!