La vida estaba engendrando muchas criaturas entre cartones y limosnas. Raymond ya lo sabía, si hasta recorría el mismo camino, penetrando la plaza por los caminos de tierra, marcando huellas entre las huellas, surcándola como surcan las pampas los tractores con arados, discos y todo, pero, en lugar de semillas, él echaba esperanzas, observando las conductas de una niña, siempre acompañada por un ombú centenario, de esos que parecen desplegar sus raíces por toda la superficie hasta aquel semáforo que encendía la luz roja en señal de detención, y fiel al estilo de las lombrices, o como el agua filtrada por las napas tras torrenciales lluvias de verano, sin límites, y sin puntos, como en este texto, y como en la historia que Raymond atravesaba porque no quería desenlaces, contemplando a esa criatura, sola y triste, que en lugar de sentarse en un pupitre tomaba asiento en los verdes de la plaza, entre pasto, piedras y hojas secas, de aquel ombú añejo, panzón y un poco atrevido, considerando la flora que lo rodeaba, y que la rodeaba, a esa niña de apenas once años, de cabello negro y ojos tristes, pancita chata y ropa sucia, como el perro que también la acompañaba, echado sobre la mancha que la sombra del ombú le tendía como un mantel desteñido, y sin comida, pero con muchas hormigas, y cartones, y una madre que se prostituía, aunque ella no lo sabía, mucho menos Raymond, quien se sentaba en un banquito, a unos quince metros de distancia, coloreándola con la mirada como una postal pintada por un niño con crayones, y témperas, así de simple, él la pintaba con colores primarios, pero también secundarios, cada vez que la veía llorar, porque la pancita le dolía, pobre criaturita, ni siquiera había almorzado ni mucho menos cenado, hasta miraba el pastito con hambre, hasta que esa tarde arrancó un pedazo de plaza, de pasto, llevándolo a sus dientitos chuecos, y masticó lo que los perros suelen digerir cuando les duele la panza, pero ese hecho lo impulsó a pararse, olvidándose del compromiso laboral, si Raymond era carpintero, y pintor, y artista: demasiado tragedia antes sus ojos merecía una pincelada, ese toque de pincel que pudiera cambiar ese marco, de tierra, polvoriento y sin miradas:
—Buenas tardes, mi nombre es Raymond —asombró a la niña, levantando la mochila que su mirada triste, y empapada de dolor, había tirado.
Pero la niña no hablaba, sólo lo miraba, tal cual miran los perros de campo a los vehículos que se alejan, por los caminos, bien lejos, imposibles de ser detenidos, resignándolos a ladrar.
—No tengas miedo, niña, sólo quería regalarte estas galletitas, y esta manzana, y esta gaseosa —alargaba su generosidad, hasta tal punto de querer entregarle todo, hasta las medias, y los zapatos.
Y esa criatura no hablaba, y hasta le esquivaba la mirada, cerrando esos ojitos, negros como dos pelotitas embarradas. Raymond intentó acercarse, sigilosamente, invadiendo la sombra del ombú, de la niña y el perro, pero se detuvo, indignado, acomplejado, pensando en Lucy, hasta que la niña se incorporó, y con las manos en los bolsillos le dijo:
—¿Me llevás?
Continuará…
—Buenas tardes, mi nombre es Raymond —asombró a la niña, levantando la mochila que su mirada triste, y empapada de dolor, había tirado.
Pero la niña no hablaba, sólo lo miraba, tal cual miran los perros de campo a los vehículos que se alejan, por los caminos, bien lejos, imposibles de ser detenidos, resignándolos a ladrar.
—No tengas miedo, niña, sólo quería regalarte estas galletitas, y esta manzana, y esta gaseosa —alargaba su generosidad, hasta tal punto de querer entregarle todo, hasta las medias, y los zapatos.
Y esa criatura no hablaba, y hasta le esquivaba la mirada, cerrando esos ojitos, negros como dos pelotitas embarradas. Raymond intentó acercarse, sigilosamente, invadiendo la sombra del ombú, de la niña y el perro, pero se detuvo, indignado, acomplejado, pensando en Lucy, hasta que la niña se incorporó, y con las manos en los bolsillos le dijo:
—¿Me llevás?
Continuará…
Notas del autor: sepan disculpar el corte, pero es así como me ha salido; me fascinan las palabras que ruegan libertad, casi sin correcciones, tal cual se pierden por ahí mis bostezos, ante el ocaso y el mate. Prometo terminarla, sin comas.




