
Tras una pausa en mis escrituras, y una pizza demasiado sabrosa por el precio que pagué, me detuve a formar parte de los televidentes con motivo de la reapertura del teatro Colón.
Lo primero que me llamó la atención fue que sólo lo transmitió el canal 13 (canal del grupo Clarín), pero constantemente emitían —en simultáneo con las imágenes— unas palabras que decían algo así: “esta transmisión estaba disponible para quien quisiera transmitirlo”. Me hizo pensar por qué ningún otro canal televisivo se había sumado a la proyección. ¿Por qué? Lo pensé un rato y continué masticando esa pizza barata pero demasiada rica (valga la redundancia). De todas maneras, no les diré la marca.
De golpe y porrazo, apareció el intendente de la ciudad, la de Buenos Aires, o sea, el ingeniero Macri, hijo de un poderoso empresario nacional de... Bueno, en Chivilcoy hay otro (apellido italiano) pero ese ya es otro tema. Me dije: y bueno, habrá que escucharlo. El señor, con total impunidad, y con una sonrisa de guasón cual la del payaso en la saga de Batman, deliraba con el progreso nacional que implicaba el evento sin acudir a las agresiones. Me dije ¡STOP! ¿Sin agresiones? ¿Pero cómo? Si el mismísimo señor Macri había agredido a la señora esposa del presidente (C.F.K.). Ah, cierto, los políticos tienen memoria según les convenga, y ahí nomás apareció Chiche Geldblung (creo que se escribe así). Una periodista del espectáculo comenzaba una nota. Cuestión que me fui a la cocina en busca de agua, pensando en la reciente declaración del intendente Macri (es intendente porque se dedica a cortar el pasto de las plazas, recolectar impuestos y residuos por las noches, y otras cuestiones de menor interés).
Al regresar al sofá, comodidad que ocupa una parte del living de mi departamento, frente al televisor, pensaba el momento en que había comenzando la remodelación del gran teatro. ¿Antes que el actual intendente asumiera su gestión? Creo que sí.
Con la sed saciada, y el estómago lleno de pizza, me libré a la espera de grandes personajes de la cultura, de la ciencia, de la medicina. Divagaba con escuchar la opinión de algún escritor ilustre, un gran científico distinguido en el mundo entero, algún pintor dotado de muchísimo talento, pero no, entrevistaron a Valeria Mazza (modelo de la belleza exterior), luego a una periodista de noticiero, a la hija de Mirtha Legrand (creo que a ésta última la entrevistaron, por suerte, pero me la perdí, al menos alguien que tiene trayectoria en el cine y talento), y finalmente indagaron a Susana Gimenez. Me dije, y bueno, será que las celebridades están presentes pero temen la presencia de las cámaras, y lo dejé pasar. Me fui al baño a lavarme las manos, con jabón, tenía demasiado queso mozzarella en los dedos, además de aceite.
Al regresar, y reacomodarme, estaba comenzando la ópera, bellísima por cierto.
Finalmente terminó y procedió el entretelón, espacio propicio para que los iluminados hagan lobby. ¿Lo habrán hecho?
Pero, ¿dónde estaba la gente? Me refiero a nosotros, y la emisora me respondió cuando enfocó dos o tres cámaras hacia la avenida 9 de Julio (avenida de accidentes, por cierto). ¡Yeah! (a lo Axel Rose) entoné, ahí estamos nosotros, mirando desde afuera lo que ocurre dentro del teatro y encima a través de una pantalla en tercera dimensión (3d). ¡Lo que es la tecnología! Los iluminados estaban sentados en butacas de terciopelo, nosotros parados en la avenida, bajo un cielo grisáceo a punto de descargar su furia con lluvias torrenciales, o en el peor de los casos, frente a un monitor con una hoja digital a medio llenar de palabras y una caja de pizza, pero qué rica estaba, che.
La ceremonia continuó con la obra de Giacomo Puccini: “La bohéme”. Una obra maravillosa aunque por momentos me parecía escuchar las palabras de Ricardo Roquefort, y yo había cenado muzarella: ¡qué asco! Finalmente la obra apagó su esplendor y todos estaban de pie, aplaudiendo, los artistas saludaban. Y pum, una de las cámaras enfocó hacia el palco presidencial, y adivina adivinador, ¿quién estaba ahí? El mismísimo Macri, desplegando una bandera, nuestra bandera nacional, ayudado por el vicepresidente, Mr. Cobos no positivo, un hombre tan leal como Juan el bautista. ¡Qué bárbaro! Mirá vos… me salió de adentro. Y todos lo aplauden con enorme placer, regocijados. ¡Viva la patria! —grité, y un gato que paseaba por mi balcón se suicidó, es decir, se tiró al patio del colegio que linda con el edificio donde vivo. ¿No era que los gatos tienen siete vidas? Parece ser que no, es un privilegio para los iluminados que ni siquiera los animales poseen.
El teatro Colón reabrió sus puertas, tiene una antigüedad superior al siglo y, justo el día anterior en que celebramos el bicentenario de nuestra querida patria, los iluminados decidieron reabrir sus puertas. Vaya coincidencia la del teatro de los santos iluminados.
Como broche de oro, en T.N. (Canal Todo Noticias), me reí mucho cuando un periodista del noticiero “Telenoche” (¿Investiga?) detuvo el andar tranquilo del político Aníbal Ibarra y le comentó: qué raro usted acá, después de todas las cosas que habló del señor Macri. ¿Acaso no era el teatro del pueblo? No me interesa defender al señor Aníbal Ibarra pero, ¿quién es ese periodista para juzgar la presencia de otro? Como vos, y como yo. Ah, sí, ahora lo entiendo, pertenece a los iluminados. ¡Basta de farsa! ¡Socorro, por favor!
Notas del autor: prometo la tercera parte de “El galponcito vecino” en la próxima entrega. Sepan disculpar pero el evento (La Divina Comedia) realmente me superó.

