lunes, 24 de mayo de 2010

El teatro de los iluminados


Tras una pausa en mis escrituras, y una pizza demasiado sabrosa por el precio que pagué, me detuve a formar parte de los televidentes con motivo de la reapertura del teatro Colón.
Lo primero que me llamó la atención fue que sólo lo transmitió el canal 13 (canal del grupo Clarín), pero constantemente emitían —en simultáneo con las imágenes— unas palabras que decían algo así: “esta transmisión estaba disponible para quien quisiera transmitirlo”. Me hizo pensar por qué ningún otro canal televisivo se había sumado a la proyección. ¿Por qué? Lo pensé un rato y continué masticando esa pizza barata pero demasiada rica (valga la redundancia). De todas maneras, no les diré la marca.
De golpe y porrazo, apareció el intendente de la ciudad, la de Buenos Aires, o sea, el ingeniero Macri, hijo de un poderoso empresario nacional de... Bueno, en Chivilcoy hay otro (apellido italiano) pero ese ya es otro tema. Me dije: y bueno, habrá que escucharlo. El señor, con total impunidad, y con una sonrisa de guasón cual la del payaso en la saga de Batman, deliraba con el progreso nacional que implicaba el evento sin acudir a las agresiones. Me dije ¡STOP! ¿Sin agresiones? ¿Pero cómo? Si el mismísimo señor Macri había agredido a la señora esposa del presidente (C.F.K.). Ah, cierto, los políticos tienen memoria según les convenga, y ahí nomás apareció Chiche Geldblung (creo que se escribe así). Una periodista del espectáculo comenzaba una nota. Cuestión que me fui a la cocina en busca de agua, pensando en la reciente declaración del intendente Macri (es intendente porque se dedica a cortar el pasto de las plazas, recolectar impuestos y residuos por las noches, y otras cuestiones de menor interés).
Al regresar al sofá, comodidad que ocupa una parte del living de mi departamento, frente al televisor, pensaba el momento en que había comenzando la remodelación del gran teatro. ¿Antes que el actual intendente asumiera su gestión? Creo que sí.
Con la sed saciada, y el estómago lleno de pizza, me libré a la espera de grandes personajes de la cultura, de la ciencia, de la medicina. Divagaba con escuchar la opinión de algún escritor ilustre, un gran científico distinguido en el mundo entero, algún pintor dotado de muchísimo talento, pero no, entrevistaron a Valeria Mazza (modelo de la belleza exterior), luego a una periodista de noticiero, a la hija de Mirtha Legrand (creo que a ésta última la entrevistaron, por suerte, pero me la perdí, al menos alguien que tiene trayectoria en el cine y talento), y finalmente indagaron a Susana Gimenez. Me dije, y bueno, será que las celebridades están presentes pero temen la presencia de las cámaras, y lo dejé pasar. Me fui al baño a lavarme las manos, con jabón, tenía demasiado queso mozzarella en los dedos, además de aceite.
Al regresar, y reacomodarme, estaba comenzando la ópera, bellísima por cierto.
Finalmente terminó y procedió el entretelón, espacio propicio para que los iluminados hagan lobby. ¿Lo habrán hecho?
Pero, ¿dónde estaba la gente? Me refiero a nosotros, y la emisora me respondió cuando enfocó dos o tres cámaras hacia la avenida 9 de Julio (avenida de accidentes, por cierto). ¡Yeah! (a lo Axel Rose) entoné, ahí estamos nosotros, mirando desde afuera lo que ocurre dentro del teatro y encima a través de una pantalla en tercera dimensión (3d). ¡Lo que es la tecnología! Los iluminados estaban sentados en butacas de terciopelo, nosotros parados en la avenida, bajo un cielo grisáceo a punto de descargar su furia con lluvias torrenciales, o en el peor de los casos, frente a un monitor con una hoja digital a medio llenar de palabras y una caja de pizza, pero qué rica estaba, che.
La ceremonia continuó con la obra de Giacomo Puccini: “La bohéme”. Una obra maravillosa aunque por momentos me parecía escuchar las palabras de Ricardo Roquefort, y yo había cenado muzarella: ¡qué asco! Finalmente la obra apagó su esplendor y todos estaban de pie, aplaudiendo, los artistas saludaban. Y pum, una de las cámaras enfocó hacia el palco presidencial, y adivina adivinador, ¿quién estaba ahí? El mismísimo Macri, desplegando una bandera, nuestra bandera nacional, ayudado por el vicepresidente, Mr. Cobos no positivo, un hombre tan leal como Juan el bautista. ¡Qué bárbaro! Mirá vos… me salió de adentro. Y todos lo aplauden con enorme placer, regocijados. ¡Viva la patria! —grité, y un gato que paseaba por mi balcón se suicidó, es decir, se tiró al patio del colegio que linda con el edificio donde vivo. ¿No era que los gatos tienen siete vidas? Parece ser que no, es un privilegio para los iluminados que ni siquiera los animales poseen.
El teatro Colón reabrió sus puertas, tiene una antigüedad superior al siglo y, justo el día anterior en que celebramos el bicentenario de nuestra querida patria, los iluminados decidieron reabrir sus puertas. Vaya coincidencia la del teatro de los santos iluminados.
Como broche de oro, en T.N. (Canal Todo Noticias), me reí mucho cuando un periodista del noticiero “Telenoche” (¿Investiga?) detuvo el andar tranquilo del político Aníbal Ibarra y le comentó: qué raro usted acá, después de todas las cosas que habló del señor Macri. ¿Acaso no era el teatro del pueblo? No me interesa defender al señor Aníbal Ibarra pero, ¿quién es ese periodista para juzgar la presencia de otro? Como vos, y como yo. Ah, sí, ahora lo entiendo, pertenece a los iluminados. ¡Basta de farsa! ¡Socorro, por favor!

Notas del autor: prometo la tercera parte de “El galponcito vecino” en la próxima entrega. Sepan disculpar pero el evento (La Divina Comedia) realmente me superó.

domingo, 23 de mayo de 2010

Besos en el cine



Para las enamoradas o enamorados de alguien, o del cine.
Creo que la canción no merece ser presentada: es mega conocida!
Espero lo disfruten mientras mis escritos siguen su curso normal.
Próxima entrega: "El galponcito vecino (Tercera Parte)".

martes, 11 de mayo de 2010

Escenas inolvidables

Bueno, bueno, había prometido unos videos de youtube, escenas de tan buena calidad que nos pintan la vida con otros colores. Lo siguiente pertenece a las épocas doradas de Hollywood, donde la computación era una idea vaga y loca que apenas se narraba en las novelas de ciencia ficción.
Pocas escenas musicales me agradan tanto. Favor de interrumpir la música de Louis. Acción!









Y si alguien puede demostrarme -con pruebas concretas- que puede imitar lo que sigue, prometo vender todo y grabar una escena. Lamentablemente, quien subió la escena "Make them laugh" no permite copiar la codificación para ser subida a otras páginas, pero aquí va la dirección:
http://www.youtube.com/watch?v=2oWk4ZiuSHE&feature=related

El talentoso que quiera demostrarlo tiene mi msn en el perfil!

domingo, 9 de mayo de 2010

Raymond y Lucy, y el engendro de las criaturas - Cuarta Parte y Final

—Gracias, princesa, gracias. Prometo un regreso, lo prometo —gritó a la distancia, esquivando a una bicicleta que casi lo atropella.
Y la niña, la niña arrojaba besitos con las manitos.


Los días siguieron su curso normal: el panadero de la esquina, frente a la plaza, continuaba horneando el pan de cada día; el rico del barrio concurría todos los días al banco para retirar el dinero ahorrado; el tintorero miraba con recelo la modernísima fachada del nuevo local que, con éxito, le hacía competencia; dos canillitas repartían los periódicos cuando el semáforo lo permitía, y los jubilados practicaban un deporte muy parecido al yoga aunque de parados, pero la tarde en que un viejo apagó la radio, harto de escuchar noticias informativas que ya no eran noticias, todo cambió.
Un sillón, dos vasos cubiertos con jugo de naranjas exprimidas, y unas galletitas con sabor a limón sobre la mesita ratona, invitaban a contemplar las imágenes que proyectaba el televisor de Lucy:

—Quero velo de nuevo —rogó a Lucy la entusiasta niña de la plaza que, curiosamente, se llamaba Milagros.
—Primero vayamos por una ducha, luego a terminar la tarea escolar, y después iremos al taller de Raymond para visitar a tu mami, que compró cama nueva y mañana comienza a trabajar.

******************************FINAL********************************


Finalmente, quisiera agradecer la bellísima entrada publicada en el día de ayer por Eau en:

http://sinquimicanohaybiologia.blogspot.com/2010/05/il-est-pour-toi-es-para-vos.html

Il est pour toi, es para vos. Un placer!

martes, 4 de mayo de 2010

Raymond y Lucy, y el engendro de las criaturas – Tercera parte


—¿Me llevás?
Raymond estaba perplejo, era la primera vez que la niña le dirigía unas palabras, tímidas pero contundentes, como su mirada que, en una milésima de segundo —o menos—, había cambiado; ya no era la mirada de una niña triste, era la mirada de una gatita, o quizá de una leoncita, bellísima como la estatua que podía verse entre las ramas del ombú, bellísima como la muchacha que, en esos instantes, paseaba por el caminito que conducía a la fuente, pero Raymond estaba inmóvil, apenas pestañeaba, contemplando ese gesto en su cara que jamás había conocido, ni siquiera cuando las palomitas se le acercaban para jugar cambiaban esos ojitos; Raymond llevaba demasiados días estudiándola, o quizá consolándose con la miseria ajena, porque Lucy no podía engendrar, ni tampoco quería, o sí podía pero estaba encaprichada con encargar, así decía ella: nosotros no podemos engendrar, pero sí podemos encargar, y vaya que él tomaba cartas en el asunto, pero la niña tenía madre: una prostituta que se abría de piernas para que la niña no muera de hambre, si el jodido padre no se hacía cargo, esa madre estaba sola, desesperada y no era una puta, tan solo una madre que quería escapar del pozo ciego, ni educación tenía, analfabeta como nadie, o como muchas, pero en definitiva tampoco tenía ni sentía culpa, si hasta su madre era prostituta, y no una puta como tantas putas que pasan sus días en los shopping, o en las finas galerías de los barrios selectos, ella era una prostituta porque lo necesitaba y hasta no comía porque recaudaba poco, si era fea y ya nadie la quería, pero Raymond y la niña no lo sabían, como tampoco sabían que una hoja estaba cayendo desde la rama del ombú, posándose en la palma derecha de Raymond al extenderle la mano, como si Dios lo hubiera hecho; si la niña era un ángel: ¿cómo no entregarle su magia? Era la primera vez que ella sonreía, sí, sonreía como nunca.
—Gracias, Ramón —dijo ella, con carita de nena.
Raymond acariciaba sus deditos finitos como lápices escolares, luego sonrió, y le dijo:
—Soy Raymond, como el escritor, bueno, como esos dos escritores que alguna vez escribieron.
La niña lo miraba, pero no lo soltaba, se sentía segura, como si le diera la mano a ese padre ausente que tanto quería conocer.
—¿Te gustan las manzanas, y las galletitas? —tartamudeó él mientras fijaba la mirada en los alimentos que le había entregado, y que la niña sujetaba como podía, con la manito izquierda.
—Tengo hambre.
—Princesita, te invitaría a casa pero no puedo. ¿Tenés una idea lo contenta que estaría Lucy?
—Lucy, lucy —cantaba ella, olvidándose de la manzana.
Las galletitas también estaban en el pasto, y hasta las pisaba con sus saltitos de niña complacida.
Raymond soltó su manito, retrocedió un paso con el pie izquierdo, y expresó:
—Ay, niña bonita, cuánto te necesitamos en casa, pero no puedo llevarte, aunque quiera.
—Pero yo quero comer, y quero bañarme, y quero ve televisión.
Raymond estaba emocionado: un torbellino de sentimientos dilataban sus venas, y hasta se sentía pesado, como si cargara con un bolsón repleto de piedras, pero entre las piedritas del otro camino podía verse a la madre, regresando con apenas cinco pesos, mucho más pesados que la bolsa que Raymond sentía, y él lo advirtió, si los labios de esa madre parecían una medialuna en posición descendiente, y se asustó tanto que arrojó tres billetes —de diez pesos cada uno— al pasto y corrió en dirección opuesta al taller donde trabajaba porque había perdido los sentidos, pero se llevaba la mirada feliz, y esa sonrisita imposible de ser dibujada que él había logrado, con su pincel imaginario.
—Gracias, princesa, gracias. Prometo un regreso, lo prometo —gritó a la distancia, esquivando a una bicicleta que casi lo atropella.
Y la niña, la niña arrojaba besitos con las manitos.

Continuará…


Notas del autor: osooooo!!! Y osoooo para mi viejo, Manuel Santos, fiel lector de mis humildes escritos, que quería un final.