Eran las cinco de la tarde. Los rayos solares aterrizaban como meteoros en las calles asfaltadas de Buenos Aires. Horario, un cincuentón divorciado, con una panza lo suficientemente grande como para albergar cinco jugosas sandías, o un cordero entero, se adentraba en un bar porque percibía que las suelas de sus zapatos se derretían. Hacía un calor de la puta madre. De hecho, los pocos cabellos que tenía en su cabeza, estaban chamuscados. Tomó asiento en una mesa redonda, de madera, frente a un televisor apagado, de tantas pulgadas que hasta podía vislumbrarse seres humanos en sus tamaños reales. Un mozo vestido con un atuendo negro se acercaba a su mesa. Lo cierto era que ese bar estaba desalmado, y eso que en el barrio Recoleta la gente pudiente suele concurrir a esos salones hasta para estirar las piernas. Pero no había nadie, curiosamente estaba sediento… de voces humanas.
—Buenas tardes —se presentaba el mozo, un flaco treintañero con un lunar muy peculiar en el medio de la frente—, ¿qué desea?
—Si se puede decir buenas tardes… Agua fresca.
— ¿Marca?
—Cualquiera.
—No disponemos de esa marca.
Horacio fruncía el entrecejo:
— ¿Me está bromeando?
—Para nada. Tenemos otras marcas pero, ¿esa?, ni siquiera la recuerdo.
— ¿Usted me ve cara de tonto? Te dije cualquiera, la que elijas, me da lo mismo, mientras sea agua… ¡cualquiera!
—Los reglamentos de la casa impiden que hagamos elección por nuestros clientes. ¿Qué marca de agua desea beber?
—Pero la re-putísima madre que te parió —alzaba la voz y las manos—, traeme cualquiera, estoy sediento y esas calles están que pelan.
—Veamos… usted desea beber agua y yo le ofrezco marcas —juntaba los brazos por detrás de la cintura—. Usted pretende que decida y yo se lo niego. Usted me maltrata y eso no puedo aceptarlo. ¿Qué quiere beber?
Los ojos de Horacio se salían de su órbita. Se estaba ruborizando, tal vez turbando más de la cuenta, pero de pronto se paró, dándole un sacudón a la silla con una de sus nalgas, nalgas que tenía sudadas por ese calor sofocante que reinaba en las calles. Se le acercaba con las manos en alto, parecía un tigre queriéndose aferrar con sus garras a una presa indefensa. El mozo ni siquiera pestañeaba, acostumbrado quizá a la fauna humana de la ciudad.
—Escuchame una cosa —le chillaba Horacio—, pelotudo de cuarta, más te vale que me traigas una botella con agua fresca o te inserto esa servilleta en el…
—Calma —lo interrumpía con calma, valga la redundancia—, está bien, no hay problema. ¿Agua en jarrita o embotellada?
—Traeme cualquiera —le ladraba como un perro rabioso.
Con sus uñas le perforaba la camisa. Horacio esta desquiciado, loco, loquísimo, como si acabara de huir de un loquero.
—Los reglamentos de la casa me impiden decidir por usted. Suélteme, por favor, mi piel es muy sensible.
Horacio acataba, es decir, lo soltaba, y retrocedía unos pasos, no más de dos, pero metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó un cuchillo filoso que le clavó en la yugular. El cuello del mozo bombeaba sangre a presión, parecía una canilla averiada. La escena era tan cruenta que hasta las moscas huían de la mesa. Había caído al suelo, tembloroso, empalidecido, ensangrentado, y Horario lo observaba, y simultáneamente sonreía, no cabían dudas de que gozaba con su acto siniestro. Secó la hoja del cuchillo con el pantalón y lo metió en el bolsillo. Después se sentó, y desde la silla lo siguió observando cual espectador del espanto. El mozo ya estaba muerto pero su yugular continuaba despidiendo sangre, litros de sangre como si los vertiera una manguera. Y ahí nomás Horacio se agachó, y sin despegarse de la silla apoyó su vaso vacío en el cuello del cadáver. No tenía agua pero ahora disponía de sangre, litros de sangre tibia que hasta le generaban excitación. Una década antes, Horacio hubiese bebido la sangre con sus propios colmillos, llevaba cinco años de retiro y por las noches se convertía en un vampiro, en el vampiro del barrio Mataderos.
Notas del autor: nunca te metas con un extraño, jaja.