Parece mentira pero la historia, que a continuación les contaré, ocurrió, es decir, es un hecho real, si bien suelo acudir a la imaginación como esperanza de vida, es pura verdad. Lo que pasó, se los cuento:
Yo estaba solo y con mi soledad, que no siempre es lo mismo, aunque a veces lo sea, obstinado con su aparición, porque ella tenía una cadencia en el andar y al hablar que nunca podía olvidar. Su pasión por la vida, por las buenas costumbres, tan bella, lúcida y armoniosa, mi querida Cristinita, no tenía pero se ponía de mala hostia cuando le recordaba el pasado, su pasado, ni siquiera quería frecuentarlo, y yo, como buen suricato que siempre fui, respetaba sus silencios, porque sus ojitos negros me decían cosas, cosas de suricata, porque ambos lo éramos; les cuento más, su cola era tan vistosa que por momentos me hechizaba, ella la movía de un lado hacia otro, siempre inquieta en las zonas secas del sur de África, porque ahí vivíamos, como dos reyes sin castillos ni coñac. Su cuerpo bien alargado, con ese pelo fragante que hasta seducía a las jirafas, y eso que las jirafas siempre nos observaban desde las alturas, aceleraba los latidos de mi pequeño corazón, un corazón de suricato, claro, pero yo me llamaba Segundo, a ella le fascinaba llamarme así, aunque supiera que no correspondía a mi nombre real. ¿Saben qué hacía? Se paraba como las gaviotas a la vera del mar, de las arenas con sal, como los palmípedos, y recitaba, recitaba oraciones, le hablaba a las olas, dirigía sus correntadas, por momentos yo temía que se produjeran tsunamis, es que eran tan portentosas sus expresiones que hasta los ballenatos asomaba sus jetas para verla actuar, porque actuaba, no siempre, pero cuando actuaba lo hacía con gracia. Si supieran lo que significaba para mí verla de atrás, contemplar esa divina costumbre que tenía de sentarse sobre las patas traseras en las superficies rocosas para imponer su belleza, sus palabras, siempre tan sabias, no podía hacer otra cosa más que oírla y escucharla: ¿quedó claro? Los hipopótamos decían que sus mensajes eran vacuos. ¡Qué equivocados estaban! Cuando ella se paraba frente al mar, el horizonte parecía pintado, cual acuarela, el azul del cielo se derrumbaba sobre el océano, ella podía diluirlo en agua como en las acuarelas. Encima de sabia era artista. Jamás olvidaré las manchitas negras de su cuello, perdón, de su cogote, porque en aquel entonces éramos carnívoros de 25 cm. de longitud, aunque ella llegaba a los 32 con su elegante cola que nadie podía dejar de acosar con las pupilas. ¡Qué bella era Cristinita! Yo la llamaba así, en diminutivo, y a ella le hacía mucha gracia que un suricato como yo le lanzara palabras con tanta ternurita. Éramos muy tiernos, claro que sí. Les voy a contar un secretito, así, en diminutivo, como a ella le gustaba, Cristinita tenía una serendipidad deslumbrante. ¿Seren… qué? Serendipidad me rugió un león una mañana otoñal, esa enorme capacidad de realizar descubrimientos de manera accidental: una vez descubrió que, si se sentaba sobre las patas traseras, y se hacía llamar reina del mar, nadie podría resistirse a sus encantos naturales, tanto fue así que esa tarde, frente a la costa, el mar se abrió y una luz blanca como la luna se la llevó, y yo reaccioné, alguien estaba robando mi pertenencia sentimental, mi suricata, no podía quedarme de brazos cruzados con tanta indiferencia, ¿qué se pensaban?, pero al arribar a la orilla el mar se cerró, y todo volvió a su normalidad, con gran una excepción, mi cuerpo había experimentado una metamorfosis, ya no medía 25 cm. de longitud, no, no, medía más, dos metros, sí, o quizá algunos centímetros más, no viene al caso, y seguía perteneciendo al reino de los mamíferos pero del orden de los cetáceos, y contaba con un hocico prolongado, un orificio nasal encima de los ojos y tenía aletas, me había convertido en un… ¡en un delfín! Y eso no es todo, Cristinita se había ordenado diosa, en Yemayá, la diosa del mar, y yo en su aprendiz, y a partir de aquel entonces me arrastró a sus profundidades, a las profundidades del mar, conocí nuevos mundos, nuevas especies, pero por sobre todas las cosas me enseñó lo que era el amor, hasta que un atardecer me devolvió a mi especie, eso que nosotros solemos llamar humanidad, pero con una condición, una gran promesa que ahora paso a cumplir: “domina tu creatividad y enséñale a todos lo que ha sido nuestro amor, como yo te amo y amaré por la posteridad, porque siempre estaré presente en tus letras”.
Notas del autor: gracias a todas y todos por las palabras obsequiadas en el post anterior. Las resalté con negrita. Que tengan un excelente día y saludos de suricato.