viernes, 13 de mayo de 2011

El cuervo de la discordia


Seis minutos para las seis, de un sexto día, vaya a saber uno de qué año y qué mes.
—Ven, siéntate aquí —ordenó un halcón, el de pico largo y garras filosas como navajas.
— ¿Para qué? —le cuestionó el otro halcón, el elegido por las mayorías, el superior, el de la capa prestada, hecha con púas de puerco espín.
— ¡Hemos asesinado al cuervo!
— ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? —alcanzó a titubear, enrojeciendo los ojos.
—Porque teníamos que asesinarlo, ese cuervo maldito ha dañado nuestro orgullo de halcón voraz.
—Eres un maldito mercenario, habíamos acordado que lo encerraríamos en una jaula.
—Lo siento, ya es tarde.
— ¿Es tarde? Eres un irresponsable, eres un maldito desleal —se cruzaba de alas, temblando.
—Digas lo que digas, pienses lo que pienses, no tienes otra opción: ¡ahora sube a la cima de la montaña y ensáñales a nuestros pares la desaparición del cuervo más matón!
— ¿Y si me niego? —bajaba la mirada al suelo, así como también bajaba la voz.
—Pues —se pausó para rascarse un ala, la derecha, con la garra más puntiaguda—, pues serás carnada para los tiburones.
— ¿De qué tiburones me hablas? —seguía sin elevar la mirada, y sin elevar la voz.
—Los mismos que hacen desaparecer a los halcones desobedientes como tú.
El halcón superior no vaciló ni un instante, desplegó sus alas y ascendió a las alturas para, desde la cima de la montaña, expresar con vehemencia y a viva voz:
—Mis queridos halcones, ¡hemos destruido al cuervo más matón!
Los halcones que estaban presentes recuperaron el orgullo con inmediatez; los pocos que no lo habían perdido, terminaron de convencerse de que el halcón superior era, efectivamente, superior y no inferior; los que estaban ausentes, fueron informados en cuestión de minutos por unas cotorras que se ofrecieron para la ocasión.
Con respecto a los cuervos adeptos del cuervo más matón, por el momento nada se sabe de ellos.

domingo, 8 de mayo de 2011

Vietnam, dos americanos y la luz del... ángel.

Buenas noches. Recuerdan aquella publicación donde narré, a modo imaginario, la guerra de Vietnam con el título de "Vietnam, dos americanos y la luz del demonio", pues bien, hoy recibí un comentario en esa misma entrada (si quieren, pueden leerla, pinchando aquí: Relato Vietnam) muy inesperado y casual que pasaré a copiar en esta nueva entrada:

Comentario de Vietnamitas en Madrid:

Al igual que comentan por aquí... nos resulta dolorosa esta imagen.

Vietnam no es solo guerra, bien es cierto que es parte de nuestra historia, pero os invito a descubrir otro Vietnam. 
*
La dirección a las que nos invita es la siguiente:
http://www.vietnamitasenmadrid.com/

¿Saben qué? He descubierto otro Vietnam, muy distinto a aquel que, alguna vez, hemos leído en los libros o visto en las pantallas de la televisión.
En consecuencia he decidido modificar el título del relato por "Vietnam, dos americanos y la luz del... ángel."

Éste ha sido el relato que, en abril de 2010, publiqué en este blog:


—Cúbreme Mel, que las plagas nos disparan.
—No puedo, John, ya nos tienen en la mira. Estamos acorralados.
Una balacera polvorienta sembraba pánico entre la frondosa e inhóspita vegetación, a unos cien kilómetros de Hanoi, Vietnam. Los miembros del Vietcong estaban rabiosos, como ratas, dispuestos a fulminar cuanto avance estadounidense invadía sus tierras e ideologías, irradiando más terror entre las diabólicas selvas de Vietnam.
—Arrastrémonos hacia esas palmeras —ordenó Mel, atento a cuatro vietnamitas que apuntaban los fusiles hacia su posición.
El sol salía, lentamente, y en esas circunstancias daba la impresión de que no quería asomar. Todo era tinieblas, tempestades repulsivas y revulsivas. Ellos cumplían la misión, con sus apenas veinticinco años de existencia en la tierra, o el infierno. Todos los compañeros del pelotón número quince —en total, diez soldados—, bautizado como “águilas de la justicia”, habían sido mutilados por una bomba casera, considerando la superioridad tecnológica de las armas americanas. Estaban solos, desamparados. Sus radios ya no funcionaban; tenían hambre, sed, y unas esquirlas habían lesionado la pierna diestra de Mel, quien padecía cada centímetro que avanzaban entre los matorrales, cuerpo a tierra. Estaban completamente rodeados pero los vietnamitas no lograban verlos, quizá porque la aurora no queria saludar.
Milagrosamente lograron protección dentro de una cueva, a un costado de un lago. Los estruendos eran moneda corriente y el cielo brillaba, por las bombas. John apoyaba la nuca en una roca redonda como si fuese su almohada, agotado, decepcionado de la vida, mientras Mel se las rebuscaba para sanar las heridas con alcohol envasado en un frasquito cargado en uno de los bolsillos del chaleco.
—Hagamos silencio, esas plagas pueden detectarnos —aconsejó John tras cerrar los ojos.
—No puedo callar, quizá sean nuestras últimas palabras. Hemos perdido a toda nuestra gente. ¿Dónde está Nixon? Seguramente sentadito en Casa Blanca, fumando puros cubanos. Este mundo es una farsa, como la guerra misma que estamos padeciendo.
—Mantén la calma, amigo, ya somos patriotas. Nuestro pueblo lo agradecerá.
—¿Estas completamente loco, John? No saldremos de esta, estamos rodeados y pronto saldrá el sol. Ni radio portamos, estamos perdidos.
—Cállate, ya verás las luces de nuestros helicópteros que harán rescate. La guerra está por terminar.
Mel temía lo peor, justo en el momento en que el cielo comenzaba a aclarar, como si de un momento para otro Dios hubiese encendido un reflector.
—¿Lo ves, Mel? Esas luces son nuestras, de nuestros helicópteros.
El calor era más intenso. El lago que los rodeaba parecía una moneda de oro, pero ellos tenían la cabeza gacha, ni fuerzas para erguirse les quedaba.
—Contemplemos nuestro rescate. Nuestras familias nos esperan con barbacoas, ensaladas, ¡hamburguesas y coca cola! —deliró John, atento al creciente sonido ruidoso que soplaba el viento norte.
Todos los animales que habitaban la zona estaban descontrolados. Un lobo se adentraba en la cueva hasta perderse en la oscuridad de sus cavidades.
—¿Qué es eso, John? ¿Son nuestros helicópteros? Tengo calor, me está calcinando, sacaré este maldito chaleco de mi…

El amplio uso que hizo Estados Unidos de napalm mutiló y mató a miles de civiles, y el empleo de defoliantes —utilizado para eliminar la cobertura vegetal—, devastó el medio ambiente de un país esencialmente agrícola. Se estima que murieron más de dos millones de vietnamitas, tres millones fueron heridos y cientos de miles de niños quedaron huérfanos. Se ha calculado la población refugiada en 12 millones de personas. Entre abril de 1975 y julio de 1982, aproximadamente 1.218.000 de refugiados fueron reasentados en más de 16 países. Otros 500.000 (llamados Boat People), intentaron huir de Vietnam por mar, aunque ciertas estimaciones dicen que murió entre el 10 y el 15%, y que los sobrevivientes se enfrentaron con las trabas y cuotas de inmigración incluso en aquellos países que habían aceptado acogerlos. En la Guerra de Vietnam murieron 57.685 estadounidenses, y unos 153.303 fueron heridos. En el momento del acuerdo del “alto al fuego” había 587 prisioneros de guerra, entre militares y civiles (quienes fueron posteriormente liberados). Una estimación actualizada no oficial calcula que todavía quedan 2.500 desaparecidos.Fuente: Wikipedia.

Mel y John forman parte de esos desaparecidos, cruelmente calcinados y derretidos por una bomba de napalm, poco antes del amanecer, en aquella cueva cercana al lago.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Una rosa, una guerra, un católico y un musulmán


Que EE.UU. es un país terrorista; que Osama B. L. está vivo, o muerto; que los imperialistas son unos criminales; que el mundo se ha vuelto loco; que te odio, que te quiero, poco me importa, lo que sí me importa es que ayer me obsequiaron una imagen, la de la rosa. ¿Quién? Un amigo musulmán. ¿Dónde, cómo? Vía facebook. Se me ocurrió bautizarla "el símbolo de la pureza y la amistad". Soy católico, él musulmán, pero Dios es uno, único, y nosotros, nosotros somos hermanos, más allá del odio y la división.
Pequeñas y grandes cosas de la vida que me motivan a exclamar, y vociferar: no todo está perdido mientras vos y yo nos demos la mano.