16 de agosto de 1996. Una puerta abierta, la de una bóveda. Ya no podía verse a los teros yendo y viniendo a lo largo y ancho de la superficie del cementerio, en su reemplazo había gatos, todos blancos excepto uno con manchas negras en la cola. Apenas una persona despidiendo a otra persona, pero el ataúd de Luis, aquel muchacho que habían dado por muerto, estaba abierto. En su interior no estaba el cuerpo. El sepulturero aún no había frecuentado la vereda que conducía a su bóveda, restaban cinco minutos para que se iniciase otra jornada negra. Tampoco lo habían visitado sus familiares; uno de ellos, su hermano Pedro, tenía pensado visitarlo durante el atardecer, porque a Luis le fascinaban los crepúsculos. No sabemos qué ha sido de su cuerpo: ¿habrá logrado su escapatoria? Y si escapó: ¿a dónde ha ido? Hasta hoy, 20 de febrero de 2012, sigue siendo un misterio su paradero.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada