15 de agosto de 1996. Frío intenso en el pueblo. Las ventoleras castigaban los portales de hierro macizo. Cinco teros iban y venían a lo largo de una superficie que no superaba los trescientos metros de longitud. Cruces. Cuerpos desalmados. Cinco personas recordando a otras cinco personas. Predio sediento de voces humanas. Olor nauseabundo de flores marchitas, y en un recoveco estaba Luis, metido en un ataúd, aterrado, desesperado, agonizando, con los pulmones despedazándose: lo habían velado, lo habían dado por muerto y ahora experimentaba su joven muerte, poco antes de comenzar su vigésima primavera.

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