Raymond usaba un reloj de pulsera en la muñeca izquierda, pero las agujas siempre estaban estáticas. El tiempo parecía muerto. No había nada a su alrededor. Su cielo era una sombra, persistente como la nada misma. Ni siquiera había animales, tampoco vegetales. Sus días eran un verdadero calvario. Estaba aburrido. Añoraba los canales de la tevé pero mucho más echaba de menos el control remoto. Raymond, cuyas uñas y patillas nunca presentaban alteraciones con el correr del tiempo, ciertamente inexistente, era un astronauta. Había sido atrapado por las fuerzas omnipotentes de un agujero negro del espacio.

Buen final para la historia.
ResponderEliminarMuchas gracias, David. Si mal no recuerdo, es la primera vez que nos escribimos, ¿cierto?
ResponderEliminarSaludos.
Onda cortazar, bueno!
ResponderEliminarGracias, Padi. Hiciste bien al aclarar "onda...", porque lo cierto es que a Cortázar no le llego ni a las rodillas. Saludos.
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