Cuenta la historia, o la leyenda, no lo sé, que Miguel, un cuarentón que se dedicaba a las pinturas —pintaba unas acuarelas que siempre daban de qué hablar, allá por los años setenta—, residía en una cuadra con veredas repletas de soretes, soretes expulsados por anos de canes, es decir, excremento animal de esas criaturas divinas que nosotros, otros animales acostumbrados a cagar encima de otras criaturas (bueno, no todos somos así) llamamos perros. Estaba harto de pisar la dureza de aquellos soretes, y su blandura, porque los perros también padecen dolores estomacales, no ignoremos sus dolencias. Se rumoreaba que había dejado de usar zapatos y zapatillas, simplemente calzaba botas campestres que le llegaban a la altura de las rodillas, marrones como los excrementos que solía pisar a diario para disimular ese color tan despreciado. Entonces una mañana recurrió a la imaginación y se las ingenió de la siguiente manera: se mudó de manzana. ¿Qué esperabas, otro recurso de mi imaginación? Hoy es viernes y estoy cansado, mi cabeza merece un descanso después de todo. Buen fin de semana.

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