domingo, 15 de enero de 2012

El señor del infinito (quinta parte y final)


   Pero un día, un día Jacinto, el señor del infinito, el muchacho que todo lo podía con sus dotes sobrenaturales, porque sus habilidades excedían los términos de la naturaleza, decidió construir un cohete y viajar a Europa, alcanzando la velocidad de la luz. Cabe señalar que no se trasladó al continente europeo, claro que no, sino al satélite del planeta Júpiter, el menor de los cuatro satélites galileanos. Nunca más se supo de él. Las pocas personas que lo despidieron en la ciudad de Alberti han sido convertidas en mandarinas durante los días posteriores al despegue, y terminaron machacadas, por supuesto.

FIN

jueves, 12 de enero de 2012

El señor del infinito (cuarta parte)


   Jacinto era un flor de hijo de puta, todos lo sabemos, porque el señor del infinito convertía a los malvados en mandarinas, y se paraba sobre las mismas para pisotearlas, machacarlas hasta exprimirlas. Lo que no les conté es que el jugo de las mandarinas que Jacinto exprimía tenía un color rojizo, el mismo color que tiene la sangre, y por las noches los vampiros visitaban el área cruenta, sedientos, bebían la sangre y al día siguiente Jacinto volvía a pisotearlas para saciarlos. La sangre, perdón, el jugo de las mandarinas era conducido por un canal de cemento hacia un piscina que el señor del infinito había abandonado, la llamaba: "el bebedero de los vampiros", y ellos, ellos estaban agradecidos con su amo sangriento, hasta se rumoreaba que ascendían a las alturas, más allá de la estratosfera, para comunicarse con Satanás, su aliado más sagaz. En esos días, la luna se teñía de rojo.

Continuará...

lunes, 2 de enero de 2012

El señor del infinito (tercera parte)


   Jacinto, el señor del infinito, solía estar de buen ánimo pero cuando se enojaba, cuando se enfadaba, era saludable no cruzarse en su camino porque el hombre era capaz de convertirte en una mandarina. Cuentan que una tarde, su primo decidió visitarlo en su palacio, porque el señor del infinito se había construido un castillo, y él estaba lo más pancho en el fondo del parque, una superficie extensa, de unos dos o tres kilómetros de longitud. Lo primero que advirtió fue que Jacinto estaba en la cima de un pila de mandarinas, decenas y decenas de mandarinas apiladas, todas machacadas. Cuando le indagó para qué había juntado tantas frutas, Jacinto no vaciló en responder: "estas mandarinas eran unas bestias humanas, ésta que ahora mismo estoy pisando se llama Rubén, tiene cuarenta años y un título universitario colgado en la pared".
   El señor del infinito no tenía escrúpulos, también cuando se le daba la gana.

Continuará...