Pero un día, un día Jacinto, el señor del infinito, el muchacho que todo lo podía con sus dotes sobrenaturales, porque sus habilidades excedían los términos de la naturaleza, decidió construir un cohete y viajar a Europa, alcanzando la velocidad de la luz. Cabe señalar que no se trasladó al continente europeo, claro que no, sino al satélite del planeta Júpiter, el menor de los cuatro satélites galileanos. Nunca más se supo de él. Las pocas personas que lo despidieron en la ciudad de Alberti han sido convertidas en mandarinas durante los días posteriores al despegue, y terminaron machacadas, por supuesto.
FIN


